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Actualmente en la galería Casas Riegner, Rosemberg Sandoval presenta una retrospectiva de su obra. CAMBIO habló con el artista caleño sobre los últimos 20 años de su trabajo.
¿Qué razón de ser tienen los elementos que utiliza para hacer sus performances?
La higuerilla es una planta venenosa que está relacionada con la marginalidad, así que me hago un ramo de flores de la pobreza, porque para mí lo importante es lumpenizar el arte. Hundo un lienzo en fango porque me interesa ir al origen del material. Tapizo las fisuras de una carretera con juguetes para hablar del desplazamiento. Me cuelgo un machete porque fue lo único que se llevaron mis padres al tener que huir de la violencia. Me pongo en la cabeza o el hombro carritos de juguete que se queman haciendo referencia a pequeños atentados. Me arriesgo a quemarme, pero es que la performance es riesgo total, de eso se trata.
¿Por qué usa el cuerpo humano?
Si supiera la intención que está detrás de mi obra me sentiría humillado. Hay cosas que no se entenderán jamás como los sueños o la muerte. Debo tener una relación con el dolor bien particular ya que de niño tenía acceso inmediato a la morgue del Hospital San Juan de Dios de Cali, pues mis hermanos son médicos. Pero, sonre todo, tengo una actitud ética frente a la vida en donde hecho de menos que los artistas no tengan una posición política más clara. Además, toda la gente que utilizo en mis trabajos tiene historia, los cadáveres tienen antecedentes, porque pretendo que la moral sea un requisito esencial para producir arte, pero sin ser moralista. Por ejemplo, en una obra me colgué la lengua de un sindicalista y fui dibujando con ella en una pared rugosa hasta acabarla, porque lo que pretendo es ponerla a hablar, postergarle la vida.
¿Qué busca?
Todo esto lo hago como un desafío contra el gusto, contra el dinero, contra la comodidad del artista y la humillación y el servilismo a los que se somete. Lo que hago son cachetadas morales. Porque si nos ponemos a mirar bien nuestro alrededor, el 95% de los colombianos no realizan su proyecto de vida y allí reside la violencia, la furia y el resentimiento. Por eso mi trabajo es una reflexión sobre eso y muchas otras cosas, como que el problema del país es que tiene demasiados actores armados, con dinero, y sin valores morales. Por todo esto, lo más interesante que está sucediendo en arte en América Latina está pasando aquí, porque los artistas son valerosos y trabajan con el contexto sin ser historicistas. De todo este mierdero tiene que salir algo.
¿Para usted qué es la belleza?
La belleza tiene que ver con la verdad del alma, por encima de que le falte un ojo o una pierna. No podemos pensar que el arte es algo convencional, que no debe oler, que sea impecable.
¿No cree que la gente que lo critica por hacer uso de muertos piensa que su actitud es un poco oportunista?
Ojalá pensaran en algo así, pero no, no llegan a tanto, la censura que le imponen a mi trabajo, como la que viví en la Bienal de Chile hace dos años, es por pura actitud mojigata.
¿Piensa que las manifestaciones que están sucediendo son un germen de cambio?
Las manifestaciones en el mundo son un acto snob, al mundo lo cambia las acciones de hecho, como los monjes en Vietnam que se incineraron. No creo en la democracia de Estado y sé que lo que puedo hacer es mínimo.
¿Cómo ve a las nuevas generaciones de artistas?
No hay relevo generacional para los pelados que vienen detrás. Son unos neo rosas y tardo hippies ajenos a todo. Se ponen penachos y camisetas negras, pero pintan pajaritos, así que, como profesor, no hago más que repetirles que son unos incoherentes. Y hay algo que está pasando que es grave. Hay una muy mala interpretación de algo tan serio como son las curadurías y aquí, en lugar de hacer su trabajo, están frenando los procesos artísticos. Cualquiera puede ser curador y proponer artistas, pero aquí no saben ni redactar una carta.
¿Y en el campo de la performance?
El problema es que hay técnica pero no hay quién ejecute y se queda corto. Bajarse los calzones no es suficiente. Son videoclips hechos con el cuerpo, ideas sin hueso, les falta vigor y estructura.