AHORA QUE las manifestaciones públicas se están empezando a dar con más frecuencia en el país, es interesante ver cómo una iniciativa ciudadana se convierte en materia de estudio del arte y en particular del performance. Las acciones llevadas a cabo por los manifestantes -las madres de los desaparecidos, las víctimas- son hoy valoradas por investigadores teatrales y artísticos, quienes consideran que el escenario o la galería se les quedó corto.
Que los peruanos se hayan reunido en la Plaza Mayor con palanganas para lavar la bandera ante la indignación producida por la impunidad del caso Fujimori, o que los argentinos retomaran esa acción, pero en lugar de lavarla la mancharan de rojo para reclamar justicia social ante la crisis institucional¿ significa para los artistas no sólo un fenómeno fascinante sino también un reto estético que traspasa esos límites y los coloca en la orilla de la protesta social, una orilla en la que la denominación de arte ya es insuficiente. Aunque haya claras marcas de una intención artística en sus propuestas. Por ejemplo, el acto del Perú fue convocado por el colectivo de artistas 'Sociedad civil' y las consignas eran claras: platones rojos, banderas de tela y jabón marca Simón Bolívar. Que luego esto se haya regado de tal forma que la gente empezara a reproducir el acto cada viernes en todo el país, es justamente el resultado buscado.
El límite entre el arte y la manifestación espontánea es difícil de trazar porque no todo acto está fríamente calculado y eso es justamente lo que atrae a los artistas. El que las madres de la plaza de Mayo tengan como símbolo un pañuelo blanco atado a la cabeza nació como un elemento de reconocimiento entre ellas cuando se encontraban en la calle. Y que este pañuelo fuera un pañal de tela de su hijo desaparecido con su nombre bordado es un elemento esencial por la carga simbólica que tiene.
El símbolo es esencial: "Al no poder mostrar el cuerpo se sustituye la presencia por la fotografía", explica la cubana Ileana Diéguez, historiadora de arte invitada la semana pasada a la maestría de Artes Vivas de la Universidad Nacional. Así ha pasado, por ejemplo, en el Carnaval de La Habana de 2007, cuando el pueblo mostró una imagen lozana de Fidel Castro, mientras éste se recuperaba penosamente de una operación; en los plantones de las madres de La Candelaria en Medellín, y en las manifestaciones en Oaxaca, México, organizadas en protesta por el asesinato de tantas mujeres entre 1999 y 2003. "En el espacio social se exponen las ausencias -continúa Diéguez-, son políticas de la memoria que tienen como actor el cuerpo y que resignifican las prácticas sociales".
Nuevos actores
"Hoy son otros los actores que usan el espacio político, sin buscar legitimarse como artistas", continúa Diéguez. Un ejemplo de esto es lo que hizo el grupo de teatro Yuyaskani, de Perú, durante las audiencias públicas propiciadas por la Comisión de la Verdad, en 2003. Fuera del recinto donde las víctimas narraban su doloroso episodio, los actores recordaban episodios indígenas en su lengua, y la historia de Rosa Cuchillos, personaje creado por el novelista Óscar Colchado que representa a una madre que perdió a su hijo violentamente y que se ha convertido en símbolo latinoamericano. Tal como cuenta una de las protagonistas, muchas personas se les acercaban a contarles su propia historia. "El trabajo que hacemos muestra la importancia de la verdad, propicia el florecimiento de la memoria y sirve como ejercicio de sanación para la gente, que necesita que la escuchen", asegura.
Las sociedades se manifiestan de formas distintas. Si en Ecuador tumban presidentes y en Argentina han llevado a condenar a violadores de los derechos humanos, en Colombia apenas ahora están tomando dimensiones más importantes. Así que ante la pregunta de qué tanto sirven este tipo de actos, la respuesta es que, como lo asegura la investigadora cubana, seguramente no van a cambiar nada, pero son fundamentales para quienes participan en ellos como ejercicio de catarsis.