Pero, "musical no quiere decir comedia", dice el productor español Rafael Alvero, a quien le dieron los derechos.
A MEDIADOS DE FEBRERO Madrid será escenario de El diario de Ana Frank: un canto a la vida, el primer musical sobre la historia de la niña judía-holandesa, que durante años vivió con sus padres escondida tras los muros de su casa en Amsterdam, y desde cuya ventana veía y registraba los horrores de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi.
El productor musical de la obra, el español Rafael Alvero, tras 10 años de gestiones logró que la Fundación Ana Frank le diera los derechos que en los años 90 le negaron, ni más ni menos, que a Steven Spielberg. Aunque resulta curioso que una historia dramática sea llevada al género del musical, esto se explica porque el objetivo del montaje es mostrar la visión optimista del diario y buscar un equilibrio entre la parte dramática -la tragedia del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial- y los momentos de evasión de Ana mediante fantasías y confesiones a Kitty, que es como ella llama a su diario.
CAMBIO: ¿Cómo hacer un musical una historia tan cruel como la de Ana Frank, la voz más reconocible del Holocausto?
RAFAEL ALVERO: Realmente parece incompatible, pero nunca lo fue. Nunca pensé que esta pregunta o inquietud surgiría incluso en el momento en que me acercara a la Fundación Ana Frank. Musical no quiere decir comedia. Hay muchas historias tristes, duras, dramáticas que han sido llevadas al teatro con música. En este caso hablamos de una niña imaginativa, una niña que aunque vivía una situación dramática y dolorosa, tenía unos ojos y una visión juvenil, momentos críticos, de amor... Buscaba destacar, desde su mirada, lo que significa la intolerancia, la xenofobia y un capítulo de la historia que no debe repetirse. Las canciones están basadas en fragmentos de lo que ocurrió en su tiempo. Es claramente una situación que no se prestaba a nada que pudiera ser divertido, pero es muy emocionante.
¿Por qué veía la obra en el género de musical?
Como músico lo que podía proponer era una historia que me conmovió, que me interesó, una historia que me pareció universal y que pude ver como música. De ahí surgió. Cuando visité por primera vez la casa de Ana Frank, en Amsterdam, lo hice con mi hijo que entonces tenía 13 años. Acababa de hacer un proyecto muy ambicioso y audaz sobre Federico García Lorca. Se llamaba Poetas en Nueva York y requería muchos cantantes y compositores que musicalizaran sus poemas. Por eso la idea de Ana Frank se me presentó como la posibilidad de seguir pensando en un proyecto que tuviera que ver con la música, y sobre todo, una obra en la que pudiera hablar de los valores humanos, o mejor infrahumanos.
¿Como género musical que ofrece la obra, cómo aborda la historia de Ana Frank?
Con fluidez, sencillez y respeto. Las canciones son basadas en fragmentos que crean una dinámica de espectáculo emocionante. Hemos analizado mucho la época e hicimos una investigación documental y fonográfica importante. Hay momentos musicales que suenan en la radio y tienen que ver con la situación real de la calle. Por ejemplo, se llama Radio Querida una canción que se traduce en un homenaje a la radio por haber sido el punto de encuentro de mucha gente que, como los Frank, vivían sin saber casi nada. La radio era su escape, su salida. Era el vínculo con el mundo exterior. El único.
¿Cree que un musical en español contribuye a acercar la figura y el mensaje de Ana Frank al mundo latinoamericano?
Estoy seguro y así lo ha visto la Fundación Ana Frank, que nos ha dado un gran apoyo. Hemos seguido y respetado las pautas marcadas por ellos y yo les he garantizado el respeto por el personaje de Ana Frank, todo un ícono del Holocausto. Nuestra obra pretende ser un modelo a seguir, revisado, supervisado y desde luego autorizado por la Fundación. Han pasado nueve años desde la primera visita con mi hijo al museo de Ana Frank, el tiempo necesario para que tanto la Fundación como yo asimiláramos todo esto. Para que la Fundación entendiera que la propuesta, que parecía extravagante, procedía del respeto, la serenidad y una visión clara, porque no teníamos pretensión distinta a la de fomentar y divulgar lo extraordinario que ellos hacen.
¿Es esta la clave para entender por qué usted, y no Spielberg, obtuvo los derechos?
El diario de Ana Frank debería ser de lectura obligatoria. Es una historia desgarradora sobre el horror nazi y es verdad que cuando fueron autorizadas una obra de teatro y una película, Otto Frank, el único sobreviviente de la familia, dijo que la ficción no le agradaba para expresar lo que ellos habían vivido, a pesar de que las dos obras habían tenido mucho impacto y éxito. Por eso, después la Fundación no volvió a considerar peticiones. Si llegó Spielberg quizá no lo hizo bien. Hemos tenido más fortuna, quizás las circunstancias fueron más favorables, tal vez quedaron convencidos con nuestra explicación de que nuestra propuesta no transgredía los valores y el mensaje que la Fundación resguarda. La figura de Ana Frank no necesita de un musical, no necesita de nada, pero nuestro proyecto llega a nueva gente, a nuevas generaciones, a un público distinto, a lugares donde habitualmente no se acercan las exposiciones y otro tipo de actividades.
Isabella Castillo, la protagonista de la obra, es una inmigrante cubana y perseguida. ¿Por eso la escogieron?
No, es una circunstancia como muchas otras que han ocurrido en el proyecto. Isabella es una extraordinaria cantante, una actriz que podía encarnar a esta niña y que tenía las posibilidades y era capaz de asumir el papel de Ana. La invitamos al casting, superó todas las pruebas y la elegimos porque tiene la capacidad de conmover.
Por PABLO GÁMEZ, Amsterdam.