HEMINGWAY ESTÁ muerto, y la historia de José Tomás está en peligro; sus biógrafos son escritores de segunda o cantantes. Su leyenda se propaga por la voz de Joaquín Sabina, su mejor amigo: un tío que le compone versos y le hace entrevistas -por lo general para grandes diarios de Madrid- para que en algún momento le diga que le encanta su música. Pero, ¿quién demonios es Sabina? ¿Quién oye canciones del pobre Joaquín? O peor: ¿quién -en los próximos 30 ó 40 años- irá en busca de un CD descolorido, con seguridad descontinuado, para leer la historia de uno de los toreros más grandes de la Historia?
Sabina no es Hemingway, y el problema de José Tomás es que, más que un torero -o además de torero-, es un personaje literario. Todo lo que hace en el ruedo se convierte en rumor; sus hazañas se propagan entre los aficionados como un milagro en el Monte Sinaí que no necesita testigos ni cámaras de televisión para ser una verdad absoluta. José Tomás -dicen los tomistas- es la reencarnación de Manolete. Su estampa tiene la calidad de un mito. José Tomás es dios, y dios -o Jesucristo reencarnado- necesita una Biblia y una docena de evangelistas.
Hemingway escribió dos biblias taurinas: Muerte en la tarde y El verano peligroso. El primero fue tan exitoso que, según explica James A. Michener en el prólogo de El verano peligroso, miles de aficionados de biblioteca que jamás habían visto una corrida -y menos en los Estados Unidos-, "discutían apasionadamente acerca de Belmonte, Joselito y El Niño de la Palma". En el segundo libro, escrito por encargo de la revista Life, el autor de El viejo y el mar, persiguió durante todo un verano a Luis Miguel Dominguín y a Antonio Ordóñez para determinar quién era el mejor torero del mundo. En el libro hay varios mano a mano memorables -como una corrida de locos y suicidas en Málaga- en donde cortaron 10 orejas, cuatro rabos y dos patas, y el peligro ronda en cada página. Para Hemingway el ganador indiscutible de toda la temporada -y del pulso con la Historia- fue Ordóñez, porque en cada un pase era "como ver juntos a todos los buenos diestros, y había muchos con vida y de nuevo en los ruedos, excepto que él era mucho mejor". Y eso es lo que pasa con José Tomás. Es el mejor. Es el número uno y, con todo, llevaba cinco años sin pisar la arena.
Del balón al trapo rojo
José Tomás Román Martín nació el 20 de agosto de 1975 en Galapagar, Madrid. Su destino -tal como él lo veía en la calle o en la cancha- era el número 9 del Atlético de Madrid, pero su abuelo tenía otras ideas en la cabeza. El viejo Celestino Román quería un torero en la familia y en lugar de llevarlo al estadio Vicente Calderón vestido de rojo y blanco, lo llevaba de traje a la plaza de toros de Las Ventas. Por eso el día en que su tío, el ganadero Victorio Martín, lo animó a torear su primera res, ocurrió lo inevitable: el niño de 10 años tomó el trapo rojo y abandonó el balón. Ahí empezó la leyenda.
Fue triunfador de la Feria de San Isidro durante tres años consecutivos (1997, 1998 y 1999) y no sólo logró que se le abriera la puerta grande de la plaza de toros de Las Ventas, sino que la afición de Sevilla -enemiga declarada de Madrid- agitara sus pañuelos blancos en la plaza de La Maestranza.
Sus excentricidades también se hicieron públicas: se convirtió en el primer torero ateo de la historia, en sus rituales personales no cabían ni rezos, ni altares, ni mucho menos una figurita de la Virgen en el pecho; dejó de torear en las plazas donde había transmisión por televisión; en una ocasión prefirió ignorar a la madre del Rey y dedicarle un toro a Ordóñez; declaró que tenía una colección de ositos de peluche y dijo que cada vez que daba la vuelta al ruedo prefería esos animalitos rosados o de color miel a las bragas y sostenes rojos que le caían con insistencia de aguacero. En el ruedo es un personaje para Hemingway, y su vida privada le habría merecido un retrato chillón de Andy Warhol o un texto psicodélico de Tom Wolfe.
El 16 de septiembre de 2002, después de torear en la plaza de Murcia, decidió que no iba a volver al ruedo ¿Por qué? Porque sí. Porque se le daba la gana. Pasó el tiempo. Dijeron que era gay y que se había dejado crecer la barba para pasar desapercibido y negar su pasado -los toreros no llevan barba-; luego varias revistas del corazón publicaron fotos con una novia y más tarde lo encontraron practicando su vieja afición en un club de fútbol de sala, el bar Macarena, en Estepona, Málaga, donde jugaba de 7.
El 17 de junio del año pasado decidió reaparecer en Barcelona y para furia de los ecologistas y los políticos verdes, la plaza de la "ciudad antitaurina", registró lleno total. Y él cortó tres orejas. El 30 de agosto hizo el paseíllo en la plaza de Linares, la tarde en que conmemoraban los 60 años de la muerte de Manolete, su ídolo absoluto. La faena era perfecta, pero ocurrió la tragedia. El destino de los grandes: el toro le dio dos cornadas en el muslo derecho, una de 10 y otra de 15 centímetros.
No se desmayó, se puso de pie con la manga del pantalón empapada en sangre desde la ingle hasta el tobillo. Uno de sus subalternos se quitó el corbatín, le hizo un torniquete improvisado y le entregó la espada. Mató en el segundo intento. Esperó hasta que el toro cayera y se fue cojeando hasta el quirófano por la mismísima puerta grande. La plaza le otorgó las dos orejas y por suerte, ni Hemingway que odiaba a Manolete, ni alguien con ganas de literatura perfecta, estaba cerca para escribir un final trágico. Y su amigo Sabina estaba con él. José Tomás sigue con vida y el 15 de febrero retornará a la Santamaría de Bogotá.
POR FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRY,
periodista y escritor