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- "Bogotá es una ciudad ante la que no puedes ser indiferente; causa toda una gama de emociones. Persigues en ella una respuesta que no alcanzas porque, no importa qué tanto la conozcas, siempre guarda un secreto. Es una ciudad que oculta otra ciudad como en un interminable juego de muñecas rusas. Se lee poesía en los bares, los mimos te pegan calcomanías de caras felices, pero persiste el misterio. Bogotá es una ciudad tan compleja como el ser humano".
Carlos Winter, Panamá. (El escapista y demás fugas - Fuga Editor y la Universidad a Distancia de Panamá, 2003).
- "En Bogotá es imposible aburrirse. Durante los días que pasé ahí, conocí a Fernando Gaitán -que para mí es un gran escritor latinoamericano- y conocí su bar. Pero también vi a Valeriano Lanchas cantando Pagliacci. Fui a las exposiciones de Juan Camilo Uribe y de un artista de la luz -Julio Le Parc- que acogía la Biblioteca Luis Ángel Arango. Ah, y visité el elegantísimo bar "La piscina", que podría ser escenario de una novela de Fernando Vallejo y lo es de una película de Sergio Cabrera. Subí a Monserrate en un funicular, y contemplé la ciudad desde el cielo. Compré libros viejos en las calles del centro. Bebí ocho tazas de café al día. Cada uno de esos momentos me enseñó una Bogotá diferente, así que fue como viajar a muchas ciudades. Porque Bogotá es todas las ciudades que uno puede querer, y supongo, también algunas que no".
Santiago Roncagliolo, Perú (Abril rojo, Premio Alfaguara 2006)
- "La primera vez que estuve en Bogotá fue a los veintiún años, invitado como basquetbolista, y la segunda a los treinta y seis, invitado como escritor. Pero esas dos experiencias, aunque aparentemente disímiles, casi contradictorias, me sirvieron para primero conocer, y luego comprobar, lo que para mí es el principal encanto de Bogotá: la calidez de su gente. Sólo espero no tener que esperar otros quince años, y una nueva vocación, para poder regresar."
Eduardo Halfón, Guatemala. (El ángel literario, Semifinalista Premio Herralde 2003, Anagrama 2004).
Breve rapsodia en color ladrillo
Fabrizio Mejía Madrid, México (Hombre al agua, Premio Antonin Artaud, 2004)
"Me gusta Bogotá porque no es hermosa pero sí coqueta.
Porque le llaman a las calles "carreras" lo que ya incluye que todos siempre van con prisa de lado a lado.
Porque los barrios pobres tienen como riqueza la variedad de colores con los que están pintados.
Porque está hecha de ladrillos rojos lo que te hace pensar si una ciudad puede ser una artesanía.
Porque sus bares se llaman con descaro: Andrés carne de res o el Punto G.
Porque el ajiaco es la solución contra la hambruna en el mundo.
Porque el Metrobús no los lleva de un espacio a otro, sino a un paraíso perdido: Transmilenio.
Porque los perros callejeros son pequeños y cuidan de su ciudad.
Porque sus niños de escuela pública tratan a los escritores como rock stars.
Porque su acento es un tipo de paciencia.
Porque, cuando hablan, parece que silbaran al viento desde una colina.
Porque, de todos los países del planeta, son los que se declaran abiertamente felices.
Porque sus mujeres te sacan a bailar y se despiden sin decirte su nombre.
Porque tienen librerías de barrio con libros únicos y amontonados que se niegan a cederle todo al mall.
Porque saben más de música y cine mexicanos que yo.
Porque sus mujeres caminan sin conciencia de su propio espectáculo.
Porque llueve el cielo como pidiendo perdón.
Porque, antes que evangelizados, creen en un dios que es una rana.
Porque sus autobuses son lo más parecido a las camionetas que transportaron hippies a Woodstock.
Porque construyeron bibliotecas arriba de basureros, lo que deja en claro, una vez más, que la literatura proviene del desperdicio.
Porque todavía los adolescentes caminan tomados de la mano.
Porque toman mojitos como tentando a que se los coman las hormigas.
Porque la bebida que te presentan como "nacional" es una soda.
Porque son incomprensibles: siendo delicados en el trato, se han pasado décadas disparándose.
Porque, al igual que los mexicanos el mariachi, inventaron el vallenato para no tener que charlar.
Porque, antes de conocerla, escuché de una ciudad que utilizaba rehiletes para tranquilizar a los automobilistas, y a mimos para señalar infracciones de tránsito.
Porque, una tarde, dos mujeres me mandaron un beso desde su auto y aceleraron hacia el otro milenio.
Porque, como los mexicanos, saben que, bien en el fondo, la ilegalidad es una forma de la justicia.
Porque, como los mexicanos, saben que, más en el fondo, la legalidad es una forma de la injusticia.
Porque, como los mexicanos, saben que, todavía más en el fondo, la ilegalidad es una forma de la injusticia.
Porque sólo nos entendemos, en el fondo, con bogotanos, limeños, y cariocas.
Porque la primera frase que me dirigió una organizadora colombiana de Bogotá 39 fue: "Mi padre nunca me enseñó a andar en bicicleta".
Porque tienen tanto sazón que muy cerca tienen una iglesia hecha de sal.
Porque, cuando regreso a México desde Bogotá, me la paso hablando de esa ciudad como si fuera una chica que vi un instante y jamás volveré a encontrar".
"Durante la semana que pasé ahí con el resto de los 39 escritores latinoamericanos menores de 39 tuvimos acceso privilegiado a los nuevos espacios públicos de una ciudad que se ha planteado a sí misma como un proyecto civilizador. La alcaldía de Bogotá ha ido construyendo en sus periferias un deslumbrante cinturón de infraestructura educativa: escuelas públicas -tan bien munidas que aquí en México serían privadas- enclavadas en las villas miseria y estupendas bibliotecas que ofrecen respiraderos entre las aglomeraciones de multifamiliares. Como visitante de la Capital Mundial del Libro, uno tenía el privilegio de ver todo aquello de cerca, tal vez demasiado de cerca. Se andaba de maravilla en maravilla, pero también con ganas de tomarse un café, de dar un paseo o de comer sin prisa. Luego seguía la noche suicida de los bogotanos. ¿La hospitalidad, la diversión, la generosidad y la atención al otro pueden ser tóxicas? Cuando es tanta, parece que sí. Hubo una parranda de leyenda que ya le dio la vuelta al mundo: en la pasada FIL un editor español se me acercó y me preguntó como si yo fuera un sobreviviente de algo más grande: ¿Tú eres uno de los 39? Cuando le dije que sí se me acercó un poco más al oído y me preguntó: ¿Es cierto lo de las 40 botellas de whisky? No digo más". "La ciudad de Bogotá es muy diferente de lo que uno se imaginaba. Observamos junto a otra brasilera, Verónica Stigger, muchas cosas de la arquitectura de la ciudad. Nos impresionaron las ventanas grandes, y encontramos que de modo general Bogotá deja una sensación de amplitud. Fuimos juntas al Museo Botero, sin duda uno de los puntos más interesantes de la ciudad para cualquier visitante¿ y descubrí ese otro lado del arte, ese que tal vez pasa desapercibido al sentido común. Toda esa parte histórica de la ciudad, en los alrededores de la Candelaria, nos maravilló. Tomé muchos mojitos (demasiados tal vez...) y no comí mucho pues soy vegetariana y no siempre encontré muchas opciones. Me gustó mucho conversar con los taxistas, que me pusieron al tanto de la situación política colombiana, qué cambió, según ellos, para mejor en los últimos años. Encontré increíble constatar la movilización y el interés de la ciudad con el proyecto Bogotá 39. En todos los eventos el público estuvo de lleno. Eso me reveló en mi opinión un orgullo muy grande de la ciudad". "Visité Colombia para presentar mi libro Todos se van. Comprendí que Gabo no se había inventado nada. Todo estaba allí y él era el genio que pudo traducirlo para la eternidad. Todo es posible en Colombia, «no os asombréis de nada». En el hotel previsto no había habitaciones. Casi de madrugada, terminé hospedada en un hermoso y muy chic ático francés, en el centro de Bogotá, con un lujo particular: sus habitantes. Allí te podías encontrar un señor paseando con su pelícano durante el desayuno; o una dama enjoyada comiendo plátanos en el lobby mientras te preguntaba algo en alemán. Al amanecer, las mariposas amarillas entraban por las ventanas como confetis de carnaval. Cuando pedías que te despertaran a una hora, te despertaban, sí, pero cantando vallenatos. Colombia es un sitio inusual. Los libreros, que son un gremio maravilloso, recordaban versos íntegros de poetas y los recitaban de memoria mientras mostraban su oficio de vender palabras". "Esa noche, a golpe de 12, tomaríamos camino hacia Quiebra Canto, un altar de la salsa enclavado en una hermosa y vieja casa de dos pisos, de paredes tapizadas con lo mejor del cine y la música del siglo XX. Allí pude comprobar la calidad de la salsa que se escucha en Bogotá y la pasión con que se baila: un furor que me hizo sentir como en casa. Allí, entre el bullicio del bar, me hablaron nuevamente de Andrés Caicedo y de La 33. Esta vez como parte de una misma conversación. Y yo no entendía muy bien qué tenía que ver Caicedo con La 33 o, en todo caso, con la salsa. Unas cuantas horas después, y gracias a la clarividencia otorgada por la changua, comenzaría a entrever el sentido superficial de aquella relación. El sentido profundo apenas lo estoy conociendo esta noche calurosa caraqueña, cuando comienzan a llegarme palabras e imágenes, como un vapor paciente y cumplido, de esa lectura que concluí hacia las 3 o 4 de la tarde, pozo de tiempo que se traga las ideas y los amores. Me refiero a la lectura de la novela de Caicedo, ¡Qué viva la música!"
Álvaro Enrigue, México. (Hipotermia, Anagrama, 2005)
Adriana Lisboa, Brasil. (Sinfonía em Branco, Rocco, 2001, Premio José Saramago, 2003).
"Estuve muy poco en Bogotá, lamentablemente, pero pienso que, más allá de la belleza de la ciudad, lo atractivo de Bogotá son los bogotanos. Durante cuatro días hablé con mucha gente y poco a poco fui captando los diversos matices de la amabilidad. En Chile la amabilidad suele ir acompañada de cierta cautela. Al ser amables los bogotanos conservan cierta timidez pero matizan la timidez con la alegría. O sea: el tono bogotano es, para mí, una mezcla de amabilidad, timidez y alegría. Una especie de alegría de estar hablando que es muy rara o al menos a mí, en calidad de chileno crónico, me parece muy rara y bella. Antes de conocer Colombia ya creía yo que el español de ustedes es el mejor que he escuchado, y estando allá lo confirmé, pero además comprendí, con creciente nitidez, la relación entre esa sonoridad y los gestos de las manos y de los ojos. Tal vez por eso al recordar Bogotá no pienso en postales específicas de la ciudad sino en rostros, en frases captadas al pasar y en las palabras nuevas que allí aprendí (la palabra soroche, sobre todo)".
Alejandro Zambra, Chile. (La vida privada de los árboles, Anagrama, 2007)
Wendy Guerra, Cuba. (Todos se van, Premio Bruguera 2006)
Rodrigo Blanco, Venezuela. (Una larga fila de hombres, Premio Municipal de Narrativa de Caracas en el año 2006).