Los escritores de Bogotá 39 opinan sobre Bogotá

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"Las primeras imágenes de la ciudad vinieron a través de la ventanilla del autobús que nos llevaba a los encuentros literarios, de norte a sur el panorama cambia, pero el público era  sorprendente en todas partes, muchos jóvenes llenos de curiosidad, gente entusiasta y cariñosa. Me sorprendió la red de bibliotecas públicas que existe y ya desde el principio me sentí como en casa con esa facilidad de las personas para iniciar amistades y continuar la parranda en otro sitio. Cuando el encuentro terminó permanecí unos días más, salí del autobús y entonces conocí las calles. Bogotá es una ciudad donde mi sentido de orientación se pierde, me faltaba la referencia del agua, algo fundamental para una isleña como yo, y todas las distancias me parecían enormes, pero tenía mapas y amigos, todo andaba bien. De esos días tengo lindos recuerdos. Las caminatas por el centro de la ciudad y las visitas al Museo del oro, el Museo Botero y la Quinta de Bolívar, alternadas con el sabor de las empanadas y la compra de artesanías que venden por la calle. La visita a Zipaquirá para ver la Catedral de sal, una de las creaciones humanas más increíbles que he visto. La cocina colombiana que, siguiendo recomendaciones, me empeñé en conocer y, siguiendo mi instinto, me empeñé en adorar. Tengo una tarde-noche en el Club de Billar Londres, un sitio que daba la impresión de estar en toda la América Latina con aquel salón enorme lleno de mesas y de paisanos jugando, música mexicana a todo volumen y cervezas colombianas para refrescar. Tengo el susto de haber tomado sola y de noche un taxi, no siguiendo recomendaciones, y descubrir que el movimiento agitado que existe en las calles durante el día, a una cierta hora desaparece y las calles quedan vacías de peatones, el susto y el alivio cuando, luego de anunciar mi nacionalidad, el taxista sonrió afirmando que adoraba mi país y su música. Esa noche llegué a casa de mis amigos y un buen ron viejo de caldas me hizo bajar la inquietud. De Bogotá me llamaron la atención sus contrastes, barrios hermosos y barrios pobres; el ruido de las calles que me recuerda mis calles; las instrucciones de seguridad que encontré en la habitación del hotel, sin duda necesarias; la variedad de frutas y los riquísimos jugos que probé; el lindo modo que tienen allí de hablar nuestra lengua; y la tremenda amabilidad, simpatía y buenas maneras de la gente que conocí que los vuelven "muy queridos" en pocos minutos. Bogotá es una ciudad que va entrando despacio, como si se riera de cualquier juicio previo y uno termina por enamorarse y querer volver, al menos así he quedado yo: con muchas ganas de volver".
Karla Suárez, Cuba. (Silencios, Premio Lengua de Trapo, 1999) 

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