BASTARÍA LEER El naufragio del imperio, de Juan Esteban Constaín, como un divertimento de la mejor ley para obtener la recompensa del placer por agotar sus 17 apretados capítulos. Pero además, el autor, con admirable precocidad, ha logrado una buena novela de aventuras. Quizá la precocidad en el género de aventura sea uno de sus fundamentos, por cuanto permite, desde el sentimiento de la juventud, la pasión que demanda el riesgo, la irreverencia ante la majestad de la historia canonizada y un deseo poderoso de sustituir las catástrofes por las felicidades de la imaginación. Algo de esto ha advertido el editor quien puso al final de cada capítulo una alusión a los grabados de antaño, con pertinentes ilustraciones. Sin embargo, en la peripecia de El naufragio del imperio se revisan, con gracia y visión novedosa, los temas que por siglos han embargado el destino humano y la terca obsesión de hacer la vida conforme a un modelo o unas ideas.
La coherencia de la novela, la travesura del autor de ficción al meterse por los resquicios donde la historia como pasado se pudo articular diferente, la manera sencilla y sin solemnidades con la cual se ejerce la erudición, logran construir un fresco de los impulsos por el poder, la soledad inevitable y el contradictorio empeño de libertad. Constaín, con el arrojo que requiere la novela de aventuras, no duda en asumir los peligros de tener de personaje a Napoleón y hacerlo parte de una hermosa estrategia literaria: la conspiración. Parece que la tensión de esta narrativa de cuidadoso lenguaje estuviera en dos ideas citadas por el autor: aquella de Humboldt referida a que los americanos no hemos entendido nada; y la radical percepción de que para lograr algo hay que desprenderse de todo. El final es un manifiesto conmovedor. Napoleón se eleva en un pájaro de madera que como al ángel de Benjamin lo arrastra hacia el futuro. No en balde lleva con él a Betzy Balcombe.
POR ROBERTO BURGOS CANTOR