COLOMBIA, A DIFERENCIA de otros países latinoamericanos, no tuvo movimientos masivos de inmigrantes europeos que cultivaran el gusto por el bel canto lo cual, en cierta medida, dificultó el desarrollo inicial de la ópera en el país. En Argentina, por ejemplo, la llegada de los italianos dejó la herencia del lunfardo, un dialecto que mezcló fonemas del español con el italiano y se convirtió en un lenguaje propio de los rioplatenses, el mismo con el que años después Ástor Piazzolla se valiera para matizar su ópera-tango María de Buenos Aires. A pesar de ello, tímida e intermitente fue colándose en Colombia donde se decidiría cultivar el gusto por la ópera muchas décadas después.
Según cuenta Francisco, Pacho, Barragán, apasionado del género de la ópera, los responsables en introducirla en Colombia fueron Mario Lambardi, Americo Mancini y Adolfo Bracale, tres inmigrantes italianos que desde 1910 empezaron a dar a conocer este género inexplorado con dos obras, entonces, relativamente nuevas: La bohemia y Madama Butterfly de Puccini.
Pero fue Bracale quien a mediados de la década de los 30, con su compañía itinerante, organizó las primeras temporadas de ópera con montajes de títulos como Thais de Massenet o Tosca de Puccini y, además, trajo a los teatros de Bogotá y Medellín tenores de la talla de José Palet y Eduardo Fatticanti, algo asombroso para el país. Esto sucedía cada cinco ó seis años y así fue durante las cuatro décadas subsiguientes, hasta que a principios de los años 70, y debido a los prolongados recesos, el género se vio amenazado y lanzó su alerta de extinción.
No obstante, 1976 fue el año del rescate, cuando empezó a gestarse un proyecto de ópera con una nueva generación de artistas, una Orquesta Sinfónica reorganizada, gracias a que Gloria Zea, como directora de Colcultura, empezó una cruzada para abrirle un espacio permanente y acercarla al común de los mortales por medio de la compañía Ópera de Colombia.
A partir de ese momento, vestuarios, escenarios y coreografía tomaron su lugar en los montajes, logrando en 1978 lo que parecía imposible: mostrarle al público colombiano a Carmen tal y como la concibió Bizet. Durante años habían intentado llevarla a escena pero uno y otro motivo se cruzaban en su contra, y se creó el mito de que en el Teatro Colón jamás se llegaría a presentar.
Y aunque es cierto que sigue siendo un espectáculo más bien para conocedores que para neófitos, lo cierto es que en los últimos 30 años ha habido temporadas hasta de 65 funciones en un sólo año con obras como La traviata, El barbero de Sevilla, Aída y El trovador, para sólo mencionar algunas; montajes experimentales para popularizar el género, como en la temporada de 2003 con La Flauta Mágica y en 2004 con La Cenerentolla, artistas colombianos de talla internacional y una compañía establecida. Como demuestra Barragán en su libro, hay razones más que suficientes para hablar de ópera en Colombia.