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Con pocas excepciones, los menores de 39 y otros "mayorcitos", llamados "hijos de los hippies" por uno de los invitados al último encuentro, responden en general al espíritu del presente: renuncian a los grandes pensamientos y a las exploraciones estilísticas. Escépticos antes que desencantados, exponen la realidad desde su experiencia o biografía, al apelar a temas destacados por el periodismo rojo o amarillista, contribuyendo así al interés de la cultura masiva que las editoriales y los medios facilitan en búsqueda de un mercado en el que lo que importa es lo que se vende.
Todo autor quisiera ser best seller. Pero no a todos los autores les interesa hoy escribir la obra literaria. En la perversa ley del mercado es más importante lo que más venda, situación problemática si define políticas culturales cuando no se cuestiona si todo lo que brilla es oro. Me viene a la memoria un comentario que le oí hace varios años a una reconocida escritora, cuando afirmó que quería hacer una literatura no para la posteridad sino para vivir más que decorosamente, así fuera escribiendo guiones para telenovelas o seriados, o relatos sobre temas que llamaran la atención de un público amplio. Optó por lo último y le va muy bien. Recuerdo, también, lo que en alguna mesa redonda de escritores de diversa trayectoria, afirmara hace un tiempo uno de los autores que asistió a Bogotá 39: "a mí me gusta escribir y si eso da billete, mejor todavía". Juzguen los lectores. Esto sucede hoy cuando otros autores nuestros y de otros contextos conservan una actitud contestataria radical y no hacen pactos con la sociedad de consumo.