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DEFINIR LA OBRA de Ernest Ingmar Bergman Akerblom (nacido en 1918 y muerto la semana pasada en Gotland, Suecia) puede resultar difícil. Él era el cine. En una entrevista concedida para la revista Cahiers du Cinéma en 1958, año en que se dio a conocer con el estreno en Cannes de su decimosexto film, Sonrisas de una Noche de Verano, el hasta el momento ignorado director opinaba: "Yo no soy aquel que la gente cree que soy. Tampoco aquel que cree ser...".
¿De dónde procede la imaginación en un director como Bergman? Él mismo se encargó de responder: "Quien como yo ha nacido de la familia de un pastor, aprende muy tarde a mirar entre bastidores la vida y la muerte... muy pronto se adquiere el conocimiento del diablo y se necesita darle una forma concreta".
Su inclinación por el teatro y el descubrimiento de los juguetes ópticos precursores del cine, así como su educación religiosa, fueron algo tan determinante como lejano: "Hacen parte de mi primera infancia, tan remota que prácticamente no lo recuerdo. Sé que el primer film -sería en 1924- lo vi cuando yo tenía unos seis años...".
En el teatro de marionetas, compuesto por servilletas, mesas y cubiertos, canalizó sus primeros impulsos fantásticos. Fue el inicio de una serie de espectáculos que cubría junto con un proyector y una cámara fotográfica. Al mismo tiempo, fabricó un salón de cine propio. Por la misma época surgió el contacto con la literatura, sobre todo con las obras del escritor sueco August Strindberg, pero también con las de John Steinbeck.
Su primera influencia directa, aparte de las películas de Chaplin, fueron los seriales burlescos de la Pathé francesa: "Un hombre entra en una habitación embrujada; de repente, surge una calavera de las persianas, el diablo surge de un ataúd, luego entra en la habitación un ladrón y persigue al héroe. Unos segundos después surge un policía que corre detrás del ladrón, y así sucesivamente. No tenía fin", decía Bergman.