Cara a cara

Ingmar Bergman, durante la filmación de El silencio (1963). A la derecha, Michelangelo Antonioni.

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A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Antonioni basó sus primeros trabajos no en la indagación de las vicisitudes de la clase obrera. Por el contrario, se concentró en escarbar en las vidas de la burguesía para descubrir que también ellos estaban desamparados.

Se estrenó como director con la película Crónica de un amor en 1950 y durante toda la década y la siguiente insistió en un solo tema común, que lo identificaría ante el mundo: la imposibilidad de comunicación entre la pareja y aún entre los hombres, como pensaba Onetti. Los trabajos de esa época (El grito, La aventura y El desierto rojo) marcan para muchos lo mejor de su trayectoria.

A pesar del éxito de películas posteriores como Blow Up (1967, basado en un cuento de Cortázar) y Zabriskie Point (rodada en 1970 en Estados Unidos), algunos críticos vieron en ellas signos de su irregularidad. Quizás después de ellas, las películas de Antonioni nunca alcanzarían el nivel de su trabajo anterior, con excepción de El pasajero. Todo por un temperamento muy particular gracias al cual no tenía problema alguno en asumir cualquier riesgo.

Con razón Bernardo Bertolucci, uno de los directores más lúcidos de la modernidad, comentó: "Antonioni tuvo el coraje de aventurarse donde sólo lo habían hecho la pintura abstracta y la música de vanguardia".

"Alquimista de la intimidad, arquitecto del espacio y del tiempo del cine contemporáneo, acuarelista del corazón", lo ponderó Gilles Jacob, presidente del Festival de Cannes, quien remató, en relación con la muerte simultánea de Bergman, que con ellos, ha muerto una era.

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