Cara a cara

Ingmar Bergman, durante la filmación de El silencio (1963). A la derecha, Michelangelo Antonioni.

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Esta misma escena fue presentada en su film Prisión (1948/1949), interpretado por un grupo de cómicos italianos llamados los Bargazzi.

En la construcción de un lenguaje propio contribuyeron no solo el teatro y la literatura, sino también el movimiento cinematográfico francés de los años 30, denominado realismo poético francés, integrado por directores de la talla de Marcel Carné, Jean Gremillon y Jean Renoir, de quien Víctor Sjöström (maestro de Bergman) decía: "Sus filmes no son cine, son una masturbación intelectual, cine íntimo, privado".

Sin embargo el verdadero temperamento lo desarrolló en los años 40, principalmente con sus películas Crisis, Llueve sobre nuestro amor y La prisión, dentro de un modelo de cine neorrealista que el mismo Bergman definía como "el espíritu Rossellini": "Su pobreza, su grisor, su inmensa simplicidad carecía de un estilo personal. Cuando iba a cine me preguntaba si debía hacerlo así, si estaba bien... Y al ver a los demás, me reprochaba todos mis movimientos de cámara. Carecía por completo de independencia y en el terreno técnico era un principiante. En el cine era esclavo de la técnica, mientras que en el teatro me sentía a mis anchas".

El melodrama y la pareja

El universo bergmaniano se fue erigiendo a partir de la búsqueda de un melodrama y un naturalismo íntimo alrededor de las relaciones de pareja, un cierto "mal de vivir" que tuvo un primer aparte en la naciente Nouvelle Vague francesa a finales de los años 50: "Me siento muy próximo a Georges Bermanos y a Mouchette, de Robert Bresson, un film que me hubiera gustado hacer, pero era incapaz de ello, no lo entendía. Es un film puro como el agua. También me son cercanos El diario de un cura rural, que es una de las obras más importantes jamás realizadas. Los Comulgantes está muy influenciado por él".

Bergman dio un paso definitivo dentro de la serie de variaciones en torno a los diferentes movimientos que marcan el desarrollo del cine: dejó a un lado los héroes en crisis y tomó a la mujer como centro de su universo, tan importante que terminaría admitiendo que esta relación íntima con la mujer era como "la revelación del silencio de Dios". Al hablar de la sexualidad y de las relaciones de pareja, atacaba a la puritana sociedad sueca: A los 14 años, encontré una chica de mi misma edad, ¡y aún ahora la bendigo! Pude establecer una vida en común durante cuatro años, después de haber compartido una camaradería caracterizada por la contrición, el pecado, el sentimiento de culpa y la angustia ante las cosas sexuales".

Sus obras más representativas de este período, definidas como la "trilogía de la cámara" son: En un espejo oscuro (la sabiduría adquirida), Luz de Invierno (sabiduría descubierta) y El Silencio (el silencio de Dios, su huella negativa). A partir de allí, Bergman avanzó un poco más y se metió con la relación de Dios con el hombre y los temas de la pareja y la mujer quedaron subordinados. "El cine fue el que invento a Dios", dijo entonces, y confeccionó su llamada "trilogía maldita", dedicada al pecado, la culpa y las dudas sobre el Paraíso: Persona, Gritos y susurros y El rito.

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