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HACE DOS SEMANAS los pastusos celebraron el Primer Encuentro Global de Carnavales, durante el cual les mostraron a colombianos y extranjeros que su Carnaval de Negros y Blancos está listo para ser declarado Patrimonio Nacional Inmaterial, un paso fundamental para intentar ingresar a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La iniciativa es promovida directamente por el Gobernador de Nariño y por la Alcaldía de Pasto y hasta dicen que en septiembre será una realidad.
Lo cierto es que, con una inversión de 170 millones de pesos, los organizadores del Encuentro de Carnavales hicieron un simulacro de las fiestas, que se celebran los primeros días de enero desde hace 90 años, ante la mirada expectante de los invitados: por un lado, representantes de la Unesco -la oficina de las Naciones Unidas que avala el ingreso de los bienes patrimoniales a la Lista-; por el otro, delegaciones de los carnavales de Oruro (Bolivia), Viareggio (Italia), Río de Janeiro (Brasil), Veracruz (México) y Latacunga (Ecuador), entre otros, y de algunos colombianos como el de Barranquilla y Riosucio, que representaron sus propios carnavales y expusieron en seminarios sus ideas acerca del tema de las fiestas populares y los carnavales.
Al margen de la algarabía, sin embargo, salieron a flote algunas inquietudes acerca de la pertinencia del nombramiento que busca el Carnaval de Negros y Blancos y la dificultad que implica tener que proteger, por patrimonial, una costumbre que por definición está en constante movimiento. En pocas palabras, los analistas se preguntan si, en realidad, podría servir de algo que el Carnaval sea declarado patrimonio de la humanidad.
En efecto, la Unesco tiene como una de sus misiones estimular la preservación de los bienes patrimoniales del mundo. Y lo hace de manera simbólica, enmarcándolos con una declaratoria que no hace sino alertar sobre la obligación de las autoridades locales de conservarlos. La distinción, que se estrenó en 1972, se limitó durante más de 20 años a bienes materiales y monumentales, y entre ellos cupieron por Colombia las murallas y el casco histórico de Cartagena, y el complejo arqueológico de San Agustín y Tierradentro. Hasta que en 1997 la Unesco decidió extender la repartición de sus diplomas a patrimonios intangibles o inmateriales, tales como fiestas, rituales y carnavales, a los que llamó Obras Maestras del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. No contentos con ello, los miembros de la organización, reunidos en la convención anual de París, en 2003, resolvieron que el título de Obras Maestras era excluyente y antidemocrático. De manera que inventaron un nombre menos opulento y con mayor capacidad: Lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad, que comenzó a aplicarse en 2006 y en la que tiene cabida cualquier manifestación cultural que tenga alguna tradición. Tan amplio es el rango de selección, que muchos escépticos han empezado a criticarlo al decir que si todo cabe como patrimonio no tiene sentido señalarlo.
Mientras que en las altas esferas de la Unesco la paradoja es motivo de discusión diaria, en los países miembros crece la falsa idea de que la declaración de un bien como patrimonio de la humanidad trae bajo el brazo un generoso cheque en dólares, como si la declaración fuera un premio. Quizás por eso muchos políticos toman el tema como bandera de sus campañas y prometen el cielo y la tierra para sus regiones. Basta decir que prácticamente todas las declaratorias de patrimonio inmaterial, así como las candidaturas en el país han salido del Congreso, con la esperanza de que el sello patrimonial le abra las puertas al turismo.