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TRAS SIETE AÑOS VIVIENDO en su país, el director polaco de teatro Pawel Nowicki, artífice de obras tan emblemáticas como Quarteto y La hojarasca, regresó a Colombia a montar La Tempestad, de William Shakespeare, que se presenta por estos días en la sala Leonardus, de Bogotá. Nowicki habló con CAMBIO sobre el devenir de la dramaturgia nacional, el papel de los actores y la amenaza de la televisión.
CAMBIO: Una vez instalado en Polonia por siete años, ¿por qué decidió regresar a Colombia?
Pawel Nowicki: Para construir un puente. Kapuscinski, que era amigo mío, siempre me insistió en la importancia del encuentro entre las culturas y yo quiero hacerlo con Polonia y Colombia.
Pero usted ya había decidido quedarse en Colombia. Tenía incluso visa de residente. ¿Por qué se fue?
Primero, porque la nostalgia por mi país comenzó a llamar. Segundo, porque había algunas propuestas en Polonia, y tercero, porque tuve que salir de Caracol cuando llegó la nueva administración.
La primera vez que vino, en 1990, ¿cómo lo recibió Colombia?
Muy bien, pero fue más bien difícil. Venir a Colombia era una aventura, y comenzó el primer día. Me instalé en la carrera 8a con calle 22, en Bogotá, y me atracaban tres veces al día. Luego pude pasarme a La Soledad y la cosa cambió.
De 1990 a hoy, ¿qué ha cambiado en el teatro nacional?
Las discusiones son parecidas, no han cambiado mucho. Por un lado va el teatro ideológico; por el otro, una fuerte doctrina estética, abanderada por Ricardo Camacho, etcétera. Sin embargo, hay algunos cambios fuertes. No existen ni el TPB, ni La Mamma, y me acaban de contar que el Teatro Libre ya vendió su sede de Chapinero. Es preocupante, como también lo es el hecho de que propuestas bastante sólidas como las de Mapa Teatro se hayan quedado cortas.
Bueno, pero por razones económicas...
Los problemas económicos del teatro no son exclusividad de Colombia, son del mundo entero. La gente de teatro tiene cada vez menos plata.
¿Y cómo solucionar el dilema?
Es inevitable el apoyo estatal. Al menos en el corto plazo, que los gobiernos locales se comprometan a invertir y que sostengan las iniciativas; de otra manera es imposible.
¿Cómo explicar que los teatros se llenen durante el 'Festival Iberoamericano de Teatro' y luego desaparezca ese impulso por parte del público?
Es un fenómeno normal. El teatro no pude competir contra la televisión. Una obra exitosa produce 30.000 espectadores en una temporada. Un solo capítulo de televisión es visto por 5 millones de personas. Es una realidad: el teatro es un dinosaurio que busca sobrevivir.
¿Entonces, ganó la televisión?
El problema es equipararse con ella. En Polonia quisieron hacer arte con la televisión y fracasaron porque la televisión no es arte, el teatro sí.
¿Cómo así?
El teatro busca la verdad, la televisión miente. La verdad no es fascinante, es generalmente cruel y hasta aburrida. En cambio, las mentiras de la televisión son divertidas. Puede que la gente no sepa exactamente lo que quiere, pero tiene muy claro lo que no quiere, y los productores de televisión lo saben. En cambio, el teatro busca las verdades independientemente de cómo le lleguen al público. El teatro es un arte de actor y en la televisión nadie actúa sino que se comporta. Así las cosas, es natural que el teatro sea para las minorías.