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Fin de semana literario
Llenos, así estuvieron los tres escenarios del Hay Festival de Cartagena: el salón Rey del Claustro de Santo Domingo, el patio y el Teatro Heredia. El público, mucha gente de Cartagena, jóvenes y viejos, miembros de la Asociación Nacional de Estudiantes de Literatura y muchos extranjeros que se lanzaron a hacerles preguntas a sus compatriotas invitados. La gente pide más y más, se levanta si no hay micrófono e interviene, muchas veces con comentarios largos que merecen los murmullos de otros que no quieren perder ni un minuto con los invitados.
Santiago Gamboa y el mexicano Jorge Volpi hablaron de su estrecha relación con Roberto Bolaño, quien con su muerte prematura se ha convertido en uno de los autores de culto latinoamericanos y dicen que este chileno es el último escritor del boom. Bob Geldof, después de un exitoso concierto en la Plaza de la Aduana, el jueves en la noche, habla de su militancia política a través de las artes y el polémico DBC Pierre (Dirty But Clean), dialoga sobre su primera novela Vernon Dios Little con el escritor español Eduardo Lago. También los guionistas hablan de literatura, el argentino Marcelo Birmajer, sensibilidad pura. Al final del viernes, una babel de lecturas poéticas en el Teatro Heredia y la inauguración de la muestra del ilustrador español de los años 20, Rafael de Penagos, en la Casa Maphre. El sábado, de nuevo, la gente madrugó a llenar los escenarios. Letras y más letras, los libros recomendados, cómo escribir, qué lo inspira, la mirada histórica del novelista, la poesía.
CAMBIO asistió a algunas de las conferencias, aquí algunos de los temas tratados.
La ciudad reinventada en la novela, Robert McLiam Wilson, Pedro Juan Gutiérrez, Jaime Manrique y Mario Mendoza.
Cavafis solía decir que donde quiera que vayas tu ciudad va contigo. Por ello, cada cual, cada autor, vive distinto la ciudad de la cual escribe. Robert McLiam Wilson habla de su natal Belfast, pero también de Londres, como esa ciudad fundacional del desorden, de los eventos agitados, del ritmo acelerado. Pedro Juan Gutiérrez, de La Habana; Jaime Manrique de su Barranquilla de nacimiento, así como de la Nueva York que lo acogió y ahora transita por ciudades coloniales en tiempos de la Independencia en sus últimos recuentos históricos. Y Mario Mendoza, de Bogotá, una capital desigual e inhumana, pero de la cual es imposible huir.
Robert McLiam Wilson
Venido de provincia, de una provincia como Belfast en Irlanda, a veces inglesa, a veces irlandesa, según lo diga la conveniencia, para Robert McLiam Wilson, un joven escritor que abrumado por el calor cartagenero por haber estado en invierno justamente el día anterior, el ritmo en la ciudad pequeña marcha distinto, a su paso, y muchas veces se queda esperando que la vida empiece como lo anuncian las grandes ciudades capitales como Nueva York, París o Londres. Para él, la ciudad necesita de una novela famosa sobre sí. "Las ciudades se vuelven mágicas por las vidas que allí viven. En las ciudades estás en presencia de cientos, miles de historias complejas y valiosas como la tuya misma -cuenta en su muy acentuado inglés-. Eso te hace sentirte pequeño, pero también como parte del equipo".
Pedro Juan Gutiérrez
Este cubano que entró a la literatura ya de manera tardía, y al que le parece imposible llamarse escritor antes de los cuarenta años, cuenta que no decidió meterse en el barrio más peligroso de la Habana -Centro Habana- por gusto propio, sino que las circunstancias lo arrastraron allí. "Me asombré por estar en esa ciudad, esa zona límite, esa zona de antagonismos", describe el autor en su profundo tono caribeño. Allí entendió a Hemingway, que viviendo en un pueblito aburrido de los Estados Unidos, tuvo que salir en busca de las aventuras que luego narró en sus novelas. "No, yo no tenía que inventar nada, ni buscarlo fuera, yo vivo metido en el peligro, atrapado en él y allí se desarrolló lo que escribo". Para este escritor los personajes se construyen de manera intuitiva. "Algunos creen que son mi alter ego o La Habana misma -cuenta-. Pero yo diría que los grandes protagonistas de mis libros son la pobreza y la miseria". Gutiérrez hizo de mecanógrafo hasta vender helados por la calle y otras muchas cosas más, y a los 19 años se dio cuenta cómo el subdesarrollo destroza la potencialidad del ser humano y termina siendo un círculo vicioso del que no se puede salir. Para él, en su libro El rey de La Habana, es el Apocalipsis total de lo que significa la pobreza. "No pretendo hacer pornografía, ni periodismo, ni antropología, ni sociología, sino mostrar el desastre y, para ello, el único lenguaje posible, lejos del abarrocado y colorido que usó Carpentier, hay que hablar duro y fuerte y con un cuchillo en la mano como vive la gente que lo rodea a uno".
Jaime Manrique