En el Caribe, los dictámenes del universo exterior parecen no encontrarse cómodos. Comparten lugar con las conductas de fugitivos y transgresores.
Más por autónomos que por rebeldes, los caribeños tendemos a apartarnos de la norma en lo posible y, a la vista de los demás, nos volvemos excéntricos. Cada habitante es entonces una república independiente, una isla soberana que sin embargo se mueve y tiende puentes sobre las demás. Una isla que anda a la búsqueda, viaja, toca al otro, baila, escribe y canta, desplazándose hacia un territorio poético, marcado por una estética del placer, o mejor, de la no violencia.
El Caribe cultiva el ocio creativo, ejercita la narración y la risa como huidas permanentes de la violencia, una enseñanza casi genética que nos dejaron la Conquista, el ataque de los piratas, la imposición religiosa. Ese, de alguna manera, fue nuestro propio descubrimiento. Excelentes histriones, los caribeños acomodamos nuestro discurso al interlocutor pero somos fieles a nuestros valores por la vida, por la autonomía de ordenar como queramos el desorden de nuestras propias casas.
Bullero, colectivo, teatral, descomplicado, en ningún lugar parece sentirse mejor el individuo caribe que en el carnaval. Escéptico, alérgico a lo solemne y protocolario, se compromete al tuétano con Dionisio, más que con Apolo; con Eros, claro, más que con Tánatos, a quien invita a bailar y gozar, porque sabe que neutraliza sus daños, una de las razones por las que se celebran fiestas en todos los rincones del litoral.
El carnaval es una revolución. Pero no una revolución material, real, sino ideal. Hay, todos sabemos, más diferencia de fondo que similitudes entre el desfile de las madres de la plaza de mayo en Argentina y cualquier desfile de carnaval. Este busca la confrontación y el cambio en los terrenos del humor. Utilizar el carnaval para pretender una revolución contingente y material parecería un contrasentido, o una traición. Supondría devolverse al mundo que se ha pactado suspender y convertirse en algo contrario a su propio mundo.
En el carnaval, lo privado puede ser público, lo que parece de gueto, puede expresarse público y puede devolvérsele también lo público a lo que siempre había sido público, como todas las calles a su carnaval. En nuestros tiempos, de libertad, dice el investigador Rogelio Hernández: "Cuando el espacio se restringe o se demarca con sentido de exclusión, el desenvolvimiento de los actores y en general de las multitudes pierde el carácter libertario propio del carnaval". Preocupada por cierta división norte-sur o por esos desfiles que no van a ninguna parte, su colega Mirtha Buelvas sugiere una especie de zona franca para el encuentro de todos. ¡Un cumbiódromo!