Enero 30 de 2007

El Hay Festival de Cartagena

Así fue el Hay Festival de Cartagena, uno de los más grandes encuentros de la literatura en el mundo.

Fin de semana literario

Llenos, así estuvieron los tres escenarios del Hay Festival de Cartagena: el salón Rey del Claustro de Santo Domingo, el patio y el Teatro Heredia. El público, mucha gente de Cartagena, jóvenes y viejos, miembros de la Asociación Nacional de Estudiantes de Literatura y muchos extranjeros que se lanzaron a hacerles preguntas a sus compatriotas invitados. La gente pide más y más, se levanta si no hay micrófono e interviene, muchas veces con comentarios largos que merecen los murmullos de otros que no quieren perder ni un minuto con los invitados.
 
Santiago Gamboa y el mexicano Jorge Volpi hablaron de su estrecha relación con Roberto Bolaño, quien con su muerte prematura se ha convertido en uno de los autores de culto latinoamericanos y dicen que este chileno es el último escritor del boom. Bob Geldof, después de un exitoso concierto en la Plaza de la Aduana, el jueves en la noche, habla de su militancia política a través de las artes y el polémico DBC Pierre (Dirty But Clean), dialoga sobre su primera novela Vernon Dios Little con el escritor español Eduardo Lago. También los guionistas hablan de literatura, el argentino Marcelo Birmajer, sensibilidad pura. Al final del viernes, una babel de lecturas poéticas en el Teatro Heredia y la inauguración de la muestra del ilustrador español de los años 20, Rafael de Penagos, en la Casa Maphre. El sábado, de nuevo, la gente madrugó a llenar los escenarios. Letras y más letras, los libros recomendados, cómo escribir, qué lo inspira, la mirada histórica del novelista, la poesía. 
 

CAMBIO asistió a algunas de las conferencias, aquí algunos de los temas tratados. 
 
La ciudad reinventada en la novela, Robert McLiam Wilson, Pedro Juan Gutiérrez, Jaime Manrique y Mario Mendoza.

Cavafis solía decir que donde quiera que vayas tu ciudad va contigo. Por ello, cada cual, cada autor, vive distinto la ciudad de la cual escribe. Robert McLiam Wilson habla de su natal Belfast, pero también de Londres, como esa ciudad fundacional del desorden, de los eventos agitados, del ritmo acelerado. Pedro Juan Gutiérrez, de La Habana; Jaime Manrique de su Barranquilla de nacimiento, así como de la Nueva York que lo acogió y ahora transita por ciudades coloniales en tiempos de la Independencia en sus últimos recuentos históricos. Y Mario Mendoza, de Bogotá, una capital desigual e inhumana, pero de la cual es imposible huir.
 
Robert McLiam Wilson

Venido de provincia, de una provincia como Belfast en Irlanda, a veces inglesa, a veces irlandesa, según lo diga la conveniencia, para Robert McLiam Wilson, un joven escritor que abrumado por el calor cartagenero por haber estado en invierno justamente el día anterior, el ritmo en la ciudad pequeña marcha distinto, a su paso, y muchas veces se queda esperando que la vida empiece como lo anuncian las grandes ciudades capitales como Nueva York, París o Londres. Para él, la ciudad necesita de una novela famosa sobre sí. "Las ciudades se vuelven mágicas por las vidas que allí viven. En las ciudades estás en presencia de cientos, miles de historias complejas y valiosas como la tuya misma -cuenta en su muy acentuado inglés-. Eso te hace sentirte pequeño, pero también como parte del equipo".
 
 
Pedro Juan Gutiérrez

Este cubano que entró a la literatura ya de manera tardía, y al que le parece imposible llamarse escritor antes de los cuarenta años, cuenta que no decidió meterse en el barrio más peligroso de la Habana -Centro Habana- por gusto propio, sino que las circunstancias lo arrastraron allí. "Me asombré por estar en esa ciudad, esa zona límite, esa zona de antagonismos", describe el autor en su profundo tono caribeño. Allí entendió a Hemingway, que viviendo en un pueblito aburrido de los Estados Unidos, tuvo que salir en busca de las aventuras que luego narró en sus novelas. "No, yo no tenía que inventar nada, ni buscarlo fuera, yo vivo metido en el peligro, atrapado en él y allí se desarrolló lo que escribo". Para este escritor los personajes se construyen de manera intuitiva. "Algunos creen que son mi alter ego  o La Habana misma -cuenta-. Pero yo diría que los grandes protagonistas de mis libros son la pobreza y la miseria". Gutiérrez hizo de mecanógrafo hasta vender helados por la calle y otras muchas cosas más, y a los 19 años se dio cuenta cómo el subdesarrollo destroza la potencialidad del ser humano y termina siendo un círculo vicioso del que no se puede salir. Para él, en su libro El rey de La Habana, es el Apocalipsis total de lo que significa la pobreza. "No pretendo hacer pornografía, ni periodismo, ni antropología, ni sociología, sino mostrar el desastre y, para ello, el único lenguaje posible, lejos del abarrocado y colorido que usó Carpentier, hay que hablar duro y fuerte y con un cuchillo en la mano como vive la gente que lo rodea a uno".
 
Jaime Manrique

Este barranquillero, radicado en Nueva York, cuenta que una de las cosas que lo llevó a la literatura fue el rechazo a toda una generación de escritores que hablaban de la selva, y del exotismo del país. "Yo quería hacer novela urbana a la manera de los grandes escritores franceses del siglo XIX cuyo escenario eran justamente las ciudades", dice. Para él la ciudad es un escenario donde viven los personajes y salen cuando se abre el telón. "La ciudad produce atmósferas y los seres humanos se afectan por ella -señala-. El ser humano es el producto de las condiciones climáticas, arquitectónicas y sociales de cada ciudad".  Además, confiesa que no puede hablar de un solo personaje, pues se considera un ser en constante evolución, casi esquizofrénico, por ello en muchos de sus relatos él es el Santiago de sus novelas, o ahora mismo es Manuela Sáenz en su último libro Nuestras vidas son los ríos. "Y en mi poesía busco la parte lírica de la ciudad y cómo los seres humanos buscan allí la nobleza". 
 
 
Mario Mendoza

Al escritor capitalino le asombró la secreta marginalidad de una Bogotá de finales de los años 80, algo que lo llevó a escribir. "Me pareció sorprendente ese país tan totalmente contrastado, por eso, para bien y para mal, me parece una responsabilidad moral hacer sangrar lo que es esta ciudad". Para él la ciudad está llena de violencia psíquica, una violencia que se manifiesta, como él mismo relata, en la soledad de los viejos que no tienen a quien hablarle sino a la cajera del supermercado o al electricista que les va a arreglar los electrodomésticos dañados a propósito, como lo ilustró Juan José Millás en uno de sus relatos. "Esta violencia produce una catástrofe moral definitiva. Me interesa el aire destructivo, así como la razón por la cual la gente toma antidepresivos o por qué se dispararon las cifras de salud mental. Algo está mal, algo está pasando y como escritores debemos contarlo".
 
 
Intimidad y literatura, Tomás González, Soledad Puértolas y Alejandro Oliveros
 
Tres invitados, introspectivos, herméticos, solitarios, que se abren a un público ávido por descubrir qué los motiva a escribir algo que ni siquiera ellos sospechaban que hacían: literatura intimista. Se trata de la española Soledad Puértolas, autora entre otros libros de El bandido doblemente armado, Queda la noche y La vida oculta, premio de ensayo Anagrama; el colombiano Tomás González, novelista, cuentista, poeta y traductor, autor de Primero estaba el mar y Los caballitos del diablo, entre otros títulos; y Alejandro Oliveros, poeta venezolano que ha incursionado en la prosa en un ejercicio de diarios literarios, algo que lleva haciendo más de una década. Cómo crean sus personajes, por qué escriben esas historias, hasta dónde revelar, son algunos de los temas que trataron en su charla.
 
Soledad Puértolas

Sobre la intimidad en la literatura:
"Hay momentos en los que hay que cerrar los ojos, por eso mi literatura incide mucho en la intimidad, pero me sale de forma natural, sin planearlo, ya que escribo así. Me interesa crear personajes que se relacionan con la vida, con los otros, con ellos mismos, en ese momento anterior a las reacciones. Ese proceso me interesa, justo debajo de la superficie del agua, allí está el mundo de mi soledad"
 
Sobre la realidad:
"La realidad reposa allí y puedo acceder a algo parecido al entendimiento, pero antes se me produce un extrañamiento de la realidad, algo que me desborda y donde a veces ni siquiera entiendo el concepto. Se crea entonces allí un abismo entre la piel y lo que creo que son las personas. A partir de esa hostilidad e incomprensión, desde la literatura trato de encajarlo, de darle así un sentido a todo desde la literatura. Además, la ficción me enseñó que la realidad de la ficción tenía más peso que la propia realidad".
 
Sobre la creación de los personajes:
"No me interesa construir a un tipo de mujer con unas características específicas, sino construir una ficción. Yo no quiero contar mi vida, sólo en dos ocasiones lo he hecho y era para brindarle un homenaje a mi madre que había muerto (Recuerdo de otra persona), y eso que al reconstruir algo que era mío dejó de serlo y por eso se convirtió en el recuerdo de otra persona. La ficción me proporcionó una vía de análisis, de juego, de invención, que me hace explorar a todos los personajes con las herramientas que tengo. Es misterioso saber por qué escribes en primera o en tercera persona. ¿Si no sabes como es ese personaje, cómo te metes dentro? Esto es como una esquizofrenia y te despistas. Hago viajar a mis personajes, algunos reaccionan maravillosamente bien, pero a mí me cuesta muchísimo salir, aunque a la vez tengo la atracción del abismo. Porque finalmente, no me cuesta escribir, lo que me cuesta es vivir, vivir fuera".
 
Sobre la muerte:
"El tema de la muerte es el más difícil de afrontar para un novelista, da hasta miedo como si no debiéramos detenernos a afrontarlo. Hice una novela donde la afronté, fue como un tono de leyenda, donde un dios, indeciso y que no conoce a los seres humanos, decide que es más fácil no saber la fecha de la muerte, y finalmente invita a pensar en ella".
 
Tomás González

Sobre la literatura intimista:
"Nunca me propuse escribir literatura intimista, sino que fueron las historias que la literatura me fue trayendo. Además, no hay acontecimiento por grande que parezca que no se viva en la intimidad, en su soledad y con sus propios ojos. Tanto una catástrofe, como cualquier otro evento importante, puede vivirse sólo desde un punto de vista propio".
 
Sobre la realidad:
La aceptación más profunda de la realidad se hace justamente en la vivencia íntima de los hechos. No hacer literatura allí es tratar de escapar al sentimiento más profundo de la experiencia, y allí esta alcanza su dimensión más completa.
 
Sobre las situaciones y los personales:
"Tal vez existe una búsqueda personal en el sentido de encontrar la forma como uno percibe la realidad y allí construye su propia individualidad. En XXX Horacio me imaginé las circunstancias de una muerte inminente en los meses a seguir. Traté de encontrar esos meses y acercarme a esa experiencia. Es cierto que también tuve una historia de alguien conocido que estaba en esa situación y me mostró su reacción frente a la muerte. Y ante el hecho de la muerte, allí está la disolución de la forma, la oportunidad de ver si hay límite con el caos o la nada, a ese punto he terminado por llegar".
 
Sobre los viajes:
"Lo que más me gusta de los viajes es el regreso y ver cómo cambia la sensibilidad del mundo. Uno ve las cosas con una luz distinta cuando vuelve, de otra forma no lo lograría".   
 

Alejandro Olivares

La intimidad:
"La intimidad es a dos niveles, una del alma y del espíritu y otra del cuerpo. Muchas veces los lectores piden que la narración sea más íntima y menos literaria. Por eso de alguna manera, de varios años para acá, además de mi poesía hago un diario literario, en donde más allá del relato de acontecimiento diario planteo reflexiones, pero es verdad que los lectores exigen más y más intimidad".
 
Los personajes y el yo:
"Envidio la capacidad de crear un mundo de ficción. Yo, por el contrario, siempre he reiterado toda mi vida. Esa incapacidad para generar ficción es lo que ha hecho que cuando no escribo sobre mí en poesía, lo hago en mis diarios literarios. Y si hiciera narrativa estaría mi insoportable ser allí dentro también. En mí, la intimidad ha sido siempre una fraternidad y se ha convertido en dominio público".
 
La posibilidad de no narrarse a sí mismo:
"Mallarmé hizo una impecable lírica de la impersonalidad, pero muchos años después fueron descubiertos sus poemas desbordantes de intimidad y dolor, dedicados a su hijo Anatole, quien murió cuando chico".
 
Sobre la muerte:
"La muerte tiene un insalvable inconveniente: que no se puede escribir después".
 
Hasta dónde contar de sí mismo:
"Hay límites, una ética y un pudor elástico en donde el autor puede confesar más o menos, y no es miedo a exponerse en público, sino que el asunto empieza a primar sobre la forma, y deja entonces de ser arte".
 
 
Comentarios finales
La importancia del moderador, algunos acartonados y rígidos, sin la habilidad para conectar las ideas de sus tres interlocutores, hicieron que se perdiera la oportunidad de oír a los invitados a fondo en sus ideas. Un ejemplo notable, es como a una escritora hermética como Soledad Puértolas, ni Luz Mary Giraldo, ni Guido Tamayo le lograron sacar todo lo que tenía adentro, lo que sí logró un viejo lobo como Juan Gossaín, revelando una interesantísima y hasta divertida interlocución con sus compañeros de panel Manuel Rivas, Adolfo García Ortega y Juan Manuel Roca.
Los más exitosos moderadores, además de Gossaín, fueron Eduardo Lago, que le sacó toda la chispa a DBC Pierre, y el siempre divertido Daniel Samper Pizano. Es claro que en este tipo de eventos la erudición no siempre es la mejor compañera y el espectador premia la frescura y la velocidad de ese moderador que ata todo cuanto van diciendo los invitados y lo transforma así en una buena siguiente pregunta.
 
Los temas de las discusiones, a veces algo etéreas hacen que ni los mismos invitados sepan muy bien de qué van a hablar. Por ejemplo, las mesas de editoriales a veces no sabían hacia donde encaminar a sus escritores, porque presentar en una hora las obras de tres escritores disímiles resulta difícil, sobre todo si no están hiladas a través de un tema que los conecte.
 
Los lugares comunes. Las charlas de periodismo parecen calcadas. Si bien una charla como Los retos del periodismo del siglo XXI remiten a una conversación sobre la introducción de las nuevas tecnologías y cómo adaptarse a éstas, la discusión entre Sir Simon Jenkins, director por años de The Economist, y Enrique Santos, codirector de El Tiempo, se limitó a ello y no profundizó en los peligros de los monopolios, las relaciones con el poder, los gobiernos y los pulpos empresariales en el manejo de la información, problemas centrales en este nuevo siglo pues cada día encierran más a la libertad de expresión. Aunque queda claro que está gestándose un nuevo lector y productor de contenidos gracias a la Internet, y que los medios impresos tradicionales deben cada día dirigirse más a esta, resulta difícil encontrar sus posturas en cuanto a qué hacer para controlar el poder, del que son juez y parte.
 
En fin, desaprovechado el señor Jenkins, un ilustre periodista que entró pisando fuerte y preguntándole de pie a Santos qué representaba para la libertad de prensa ser el director del único diario de circulación nacional, y además tener a dos miembros de su familia en el gobierno, pregunta que fue desechada rápidamente por Santos diciendo que la prensa regional era muy poderosa y que las distancias con su familia eran tales que algunos decían que El Tiempo era antigobiernista. Fue la única charla a la que entraron dos hombres armados, dos guardaespaldas, que a pesar de sus grandes camisas no pudieron ocultar las armas.

Balance final. El Hay Festival es un evento muy interesante y Cartagena logra algo que en otro tipo de eventos le resulta difícil: volverse amable. Tener la oportunidad de oír a tantos escritores, verlos en las calles, hablar con ellos por algunos minutos es algo único y que no tiene pretensión ni de educadora, ni de elevada. Los autores saben que no van a pontificar (bueno, algunos) y más bien en los minutos que tienen hablan de sí mismos, de sus motivaciones e inspiraciones, de sus experiencias y mundos posibles desde las letras. Verlos allí y oírles su voz, es simplemente grato e invita en muchas ocasiones a leerlos. La participación de la gente y su sonrisa satisfecha es muestra del éxito del evento. Que a veces se queda con las ganas de más, es evidente, pero es de suponer que esto se irá puliendo tal vez con los comentarios que cada cual hace.

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