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La prueba reina tardó un siglo, pero llegó con inverosímil puntualidad. Era 1959 y El origen de las especies, el libro que había convertido a Charles Darwin (1809-1882) en uno de los más prominentes científicos de la historia, celebraba el centenario de su publicación. Sin embargo, a la teoría de la evolución mediante selección natural planteada por el naturalista británico le faltaban algunas puntadas para ser plenamente convincente, y por eso hacia los comienzos del siglo XX el entusiasmo alrededor de ella se había apagado.
El genetista Bernard Kettlewell emprendió entonces un experimento con la polilla geómetra del abedul, de la que había dos variantes: una moteada de blanco y negro, y otra negra. Al posarse en robles comunes y corrientes, la primera especie lograba camuflarse mejor que la segunda, y por eso la negra terminaba siendo con mayor frecuencia un manjar para los pájaros.
Pero ocurría que la contaminación de los años recientes había llenado de hollín la corteza de los árboles de ciertas regiones. De un momento a otro, la polilla negra comenzaba a pasar más inadvertida que la otra y, en consecuencia, a aumentar su número. Para probarlo, Kettlewell soltó grandes cantidades de las dos especies en una zona boscosa poco contaminada y en otra ennegrecida por el hollín. Efectivamente, los pájaros se comieron los insectos que, según el caso, peor se ocultaban.
Aquella fue una demostración de que el ambiente ejercía tanta presión sobre los seres vivos, que favorecía el incremento de unas especies a expensas de las menos aptas. Pero lo más importante era que confirmaba de manera categórica que la selección natural podía alterar una frecuencia de genes -en este caso, los del color negro- en una población. Darwin había muerto sin conocer la palabra gen, pero el experimento con las polillas era darwinismo puro y aparecía como un oportuno regalo para celebrar el primer siglo de su libro más importante.
Nada es igual
El mundo de hoy sería incomprensible sin la teoría de la selección natural. La ventana que abrió para el conocimiento tal vez solo puede compararse con la que en su momento abrió el descubrimiento de que la Tierra no era el centro del Universo, realizado por Nicolás Copérnico en el siglo XVI.
La selección natural significó el primer paso firme para entender la eterna pregunta sobre de dónde venimos y para dónde vamos. Trascendió la ciencia. Se adentró en el terreno de la religión, la filosofía y la política. Puso a temblar los cimientos de la fe y la moral, y ofreció una explicación tan plausible sobre las diversas formas de los seres vivos, que hasta la Iglesia terminó por aceptar que era "más que una hipótesis". Consciente de que sus ideas desterraban la intervención divina en la creación, el mismo Darwin se autodenominó, más con humor que con provocación, 'capellán del diablo'.
Gracias a la teoría de la evolución por selección natural es posible rastrear el parentesco del hombre con el mono, y entender por qué las bacterias se vuelven resistentes a los antibióticos. Explica el color de las flores, la simetría de los panales, la laboriosidad de las hormigas, la complejidad del cortejo de un hombre a una mujer y la ferocidad del amor de una madre por sus hijos. Darwin estableció el marco sobre el que los científicos ponen las piezas de un rompecabezas cuya imagen final, si algún día termina de concretarse, sería -al menos desde el punto de vista biológico- la comprensión cabal de la vida.
Justa razón para que este año florezca una especie de 'darwinmanía', motivada no solo por la conmemoración de los 200 años del natalicio del gran científico (12 de febrero) y de los 150 años de la publicación de El origen de las especies (noviembre), sino por la abundancia de pruebas allegadas por la genética que confirman el grueso de sus postulados: los seres vivos tuvieron un origen común; su diversidad provino de pequeñas variaciones que confirieron ventajas a algunos ejemplares según su hábitat; las ventajas hicieron a esos ejemplares más aptos para la supervivencia y la reproducción, de modo que al cabo de miles de pequeños cambios no solo hubo grandes diferencias entre las especies, sino que la vida pasó de formas sencillas a complejas. Y henos aquí, en incesante evolución.