Febrero 4 de 2009

El mundo celebra el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin

'El origen de las especies' posicionó al autor como uno de los más influyentes en la historia de la ciencia.

La prueba reina tardó un siglo, pero llegó con inverosímil puntualidad. Era 1959 y El origen de las especies, el libro que había convertido a Charles Darwin (1809-1882) en uno de los más prominentes científicos de la historia, celebraba el centenario de su publicación. Sin embargo, a la teoría de la evolución mediante selección natural planteada por el naturalista británico le faltaban algunas puntadas para ser plenamente convincente, y por eso hacia los comienzos del siglo XX el entusiasmo alrededor de ella se había apagado.

El genetista Bernard Kettlewell emprendió entonces un experimento con la polilla geómetra del abedul, de la que había dos variantes: una moteada de blanco y negro, y otra negra. Al posarse en robles comunes y corrientes, la primera especie lograba camuflarse mejor que la segunda, y por eso la negra terminaba siendo con mayor frecuencia un manjar para los pájaros.

Pero ocurría que la contaminación de los años recientes había llenado de hollín la corteza de los árboles de ciertas regiones. De un momento a otro, la polilla negra comenzaba a pasar más inadvertida que la otra y, en consecuencia, a aumentar su número. Para probarlo, Kettlewell soltó grandes cantidades de las dos especies en una zona boscosa poco contaminada y en otra ennegrecida por el hollín. Efectivamente, los pájaros se comieron los insectos que, según el caso, peor se ocultaban.

Aquella fue una demostración de que el ambiente ejercía tanta presión sobre los seres vivos, que favorecía el incremento de unas especies a expensas de las menos aptas. Pero lo más importante era que confirmaba de manera categórica que la selección natural podía alterar una frecuencia de genes -en este caso, los del color negro- en una población. Darwin había muerto sin conocer la palabra gen, pero el experimento con las polillas era darwinismo puro y aparecía como un oportuno regalo para celebrar el primer siglo de su libro más importante.

Nada es igual

El mundo de hoy sería incomprensible sin la teoría de la selección natural. La ventana que abrió para el conocimiento tal vez solo puede compararse con la que en su momento abrió el descubrimiento de que la Tierra no era el centro del Universo, realizado por Nicolás Copérnico en el siglo XVI.

La selección natural significó el primer paso firme para entender la eterna pregunta sobre de dónde venimos y para dónde vamos. Trascendió la ciencia. Se adentró en el terreno de la religión, la filosofía y la política. Puso a temblar los cimientos de la fe y la moral, y ofreció una explicación tan plausible sobre las diversas formas de los seres vivos, que hasta la Iglesia terminó por aceptar que era "más que una hipótesis". Consciente de que sus ideas desterraban la intervención divina en la creación, el mismo Darwin se autodenominó, más con humor que con provocación, 'capellán del diablo'.

Gracias a la teoría de la evolución por selección natural es posible rastrear el parentesco del hombre con el mono, y entender por qué las bacterias se vuelven resistentes a los antibióticos. Explica el color de las flores, la simetría de los panales, la laboriosidad de las hormigas, la complejidad del cortejo de un hombre a una mujer y la ferocidad del amor de una madre por sus hijos. Darwin estableció el marco sobre el que los científicos ponen las piezas de un rompecabezas cuya imagen final, si algún día termina de concretarse, sería -al menos desde el punto de vista biológico- la comprensión cabal de la vida.

Justa razón para que este año florezca una especie de 'darwinmanía', motivada no solo por la conmemoración de los 200 años del natalicio del gran científico (12 de febrero) y de los 150 años de la publicación de El origen de las especies (noviembre), sino por la abundancia de pruebas allegadas por la genética que confirman el grueso de sus postulados: los seres vivos tuvieron un origen común; su diversidad provino de pequeñas variaciones que confirieron ventajas a algunos ejemplares según su hábitat; las ventajas hicieron a esos ejemplares más aptos para la supervivencia y la reproducción, de modo que al cabo de miles de pequeños cambios no solo hubo grandes diferencias entre las especies, sino que la vida pasó de formas sencillas a complejas. Y henos aquí, en incesante evolución.

Evolucionismo 'biche'

Como casi todos los grandes hallazgos de la historia, Darwin llegó al suyo gracias a un proceso iniciado por sus predecesores, a las pistas otorgadas por sus contemporáneos y a no pocos favores del azar. Su propio abuelo Erasmus Darwin (1731-1802), célebre médico, naturalista, filósofo y poeta, ya había escrito sobre el transformismo en los seres vivos, y aunque no concibió la idea de la selección natural, fue junto con el biólogo francés Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) uno de los pioneros de la teoría de la evolución.

La cuna de Charles Darwin jugó un papel nada despreciable en el hecho de que la paternidad de la teoría terminara siendo para él. Nacido en Shrewsbury en una familia de clase media alta, ilustrada y perteneciente a la Iglesia anglicana, su gusto por la historia natural vino desde que comenzó a ir a la escuela y a ser coleccionista de todo lo que encontraba. Fue un aficionado a la caza, y según escribió en su autobiografía, sus profesores y su padre lo consideraban "un muchacho de lo más normal, más bien por debajo del nivel común de inteligencia".

Después de abandonar los estudios en medicina, el futuro 'capellán del diablo' quiso ser cura rural. Sin embargo, durante su formación en Cambridge descubrió que su mayor placer era coleccionar cucarrones. Allí se hizo amigo del botánico John Stevens Henslow, quien le consiguió un cupo como naturalista en el mítico viaje que realizaría el Beagle entre 1831 y 1836 para hacer investigaciones hidrográficas en Suramérica. Por poco se queda en tierra: la forma de su nariz no le causó buena espina al capitán. Eran tiempos en que se creía que la anatomía daba cuenta de la personalidad.

El viaje en el Beagle fue el acontecimiento más importante en la vida de Darwin. Aunque los pinzones de las islas Galápagos pasaron a la historia como el ícono de su descubrimiento, la verdad fue que los esbozos de la selección natural se dieron gracias a los fósiles que observó en la Patagonia, a la distribución de los ñandúes (especie de avestruz) en el continente, y a la vida animal en el archipiélago ecuatoriano. Del viaje no surgió ninguna teoría, pero sí la sospecha de que las especies observadas compartían vínculos en el tiempo o el espacio.

Un año después del regreso, en la mente del joven naturalista ya estaba sembrada la idea de que las especies evolucionaban. La lectura en 1838 del Ensayo sobre el principio de la población (1798), de Thomas Robert Malthus, terminó de configurar la tesis que publicaría dos décadas después. Malthus sostenía que la población crecía en una proyección geométrica y los alimentos en una proyección aritmética. En ese sentido, llegaría el momento en que habría más gente que medios de subsistencia y, por tanto, había que evitar las limosnas y la reproducción.

El componente político del maltusianismo era lo de menos para Darwin. Lo que lo iluminó fue la noción de lucha por la existencia. "Gracias a mi continuada observación de las costumbres de animales y plantas -escribió en su autobiografía-, caí enseguida en la cuenta de que bajo estas circunstancias las variaciones favorables tenderían a preservarse y las no favorables a destruirse. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies. Aquí, entonces, obtuve por fin una teoría a partir de la cual trabajar".

Temeroso de las críticas, se abstuvo de escribir sobre el particular. Esperó hasta 1842 para redactar 35 páginas, que amplió a 230 dos años después, aunque sin la intención de publicar. En 1856 comenzó en firme a escribir El origen de las especies, pero unos meses después su excesiva prudencia le propinó un varapalo: en 1858, Alfred Russell Wallace (1823-1913), un naturalista, geógrafo y botánico con quien se carteaba, le envió desde el archipiélago malayo un ensayo en el que exponía exactamente su misma tesis.

De no ser porque Wallace carecía de prestigio en el medio científico, porque su origen era modesto y porque era un tipo generoso, es probable que el concepto de 'wallacismo' se hubiera acuñado antes que el de 'darwinismo'. Ahora bien, tampoco puede desconocerse que Darwin llevaba más tiempo que su colega rumiando la teoría y aportando pruebas para el libro colosal que pretendía escribir.

La presentación conjunta de la teoría ante la comunidad científica pasó prácticamente inadvertida en 1858. Otra fue la reacción cuando apareció El origen de las especies al año siguiente. Todo un best-seller  -18.000 ejemplares vendidos mientras su autor estuvo vivo-, entre otras cosas por el tono coloquial, sus metáforas acertadas, la abundancia de ejemplos, el lenguaje sin pretensiones y la honestidad ante los problemas irresueltos.

Tan impactante como fue el libro para la ciencia, lo fue para la sociedad. ¿Sin la noción de Dios, en qué se sustentaba la moral?, preguntaron los teólogos. Y peor aún: ¿el texto revelaba que había razas superiores? Muchos políticos creyeron que sí, y ahí comenzó la historia oscura del darwinismo: dio bases científicas a la eugenesia, al colonialismo, al machismo, al fascismo y a toda suerte de segregaciones.

Culpar al libro sería una injusticia. Como expresa la biógrafa Janet Browne en La historia de 'El origen de las especies' (Debate, 2007), el racismo y el genocidio fueron anteriores a Darwin y no estaban circunscritos a Occidente. "Sin embargo, los planteamientos evolucionistas proporcionaron un poderoso respaldo biológico a aquellos que deseaban dividir la sociedad según diferencias étnicas o defender la supremacía blanca".

Rajado en genética

Por supuesto, Darwin no se las sabía todas, y también cayó en desatinos científicos. "Su perspicacia fue verdaderamente increíble -dice a CAMBIO Francis Collins, ex director del Proyecto Genoma Humano-. Él estuvo en lo correcto con respecto a muchos aspectos que hoy siguen siendo imponentes, pero carecía de cualquier conocimiento de la genética mendeliana, de modo que no tenía claras las bases moleculares de las variaciones".

Al igual que los científicos de su generación, Darwin no conoció los trabajos del monje Gregor Mendel (1822-1884), quien mediante cultivos experimentales de arvejas descubrió que un organismo no es una fusión de sus padres -como pensaba Darwin- sino la combinación de pequeños caracteres -después llamados genes- que provienen independientemente de la madre, el padre, cada uno de los abuelos, cada uno de los bisabuelos, y así sucesivamente.

Otro error observado por Collins es que Dar-win "parecía aceptar la noción de que el ambiente podía inducir variaciones hereditarias". Esta idea, refutada por la genética moderna, planteaba que los caracteres adquiridos en vida por los padres eran heredados a los hijos.

Lo curioso es que esa misma genética moderna que hoy día le da a Darwin la razón, fue la misma que lo desacreditó en el ocaso del siglo XIX y el amanecer del XX. Como a los primeros genetistas no les encajaba la idea de la selección natural, se inclinaban por creer que las diferencias entre los seres vivos, al margen de cualquier presión ejercida por el ambiente, procedían de mutaciones accidentales ocurridas en los cromosomas.

La reconciliación vino después y no fue necesario que los bandos depusieran las armas: simplemente, era posible aceptar que, con el tiempo, las pequeñas mutaciones en los genes eran un cúmulo que daba características particulares en el físico. Hoy se sabe, por ejemplo, que cada ser humano tiene en promedio 64 nuevas mutaciones que no estuvieron presentes en ninguno de sus progenitores. Siguiendo los principios del darwinismo, los grandes cambios producidos por ese surtido de pequeñas mutaciones están constantemente pasando por la prueba de fuego del ambiente: si ofrecen ventajas, se quedan; si no, la indolente naturaleza se encarga de decirles adiós.

Pruebas a granel

Al igual que el experimento con polillas realizado por Bernard Kettlewell, otro buen número de científicos se hizo a la tarea de comprobar la selección natural con otras especies. Entre los trabajos más citados está el realizado desde 1973 por Peter y Rosemary Grant, de la Universidad de Princeton. La pareja se dedicó a observar anualmente los pinzones de las Galápagos y descubrió que las formas de los picos cambiaban según lo hicieran el clima y las fuentes de alimentos. Algún día muy lejano, un macho no encontrará atractivas a las hembras de la especie de sus padres, se sentirá ajeno a su familia, y se apareará con una pájara que haya tenido un proceso similar al suyo. Entonces habrá nacido una nueva especie de pinzones.

Pero no siempre es necesario esperar eternidades para ver la evolución. Ella se deja ver, casi en vivo y en directo, cada vez que un paciente abandona antes de tiempo su tratamiento con antibióticos y promueve así la supervivencia de las bacterias más fuertes. La misma lógica explica la imparable carrera por producir nuevos medicamentos contra el virus del sida, o el temor a que una pandemia de gripa aviar coja desarmada a la población.

De forma similar, la teoría de la evolución ha demostrado su gran capacidad de adaptación. Luego de superar las severas pruebas que le pusieron la teología y la genética, hoy se revela más viva que nunca. El achacoso Dar-win sospechaba que el producto de su meticulosidad no sería flor de un día. "He oído decir que el éxito de una obra en el extranjero es la mejor prueba de su valor duradero -anotaba en las páginas finales de su autobiografía-. Dudo que esta afirmación sea digna de confianza, pero a juzgar por este patrón, mi nombre debería perdurar por unos cuantos años". Y sí que estaba en lo cierto el cumpleañero.

CACERÍA DE BRUJAS

Como si la historia se revirtiera, los que hoy se sienten víctimas de una cacería de brujas son los creyentes más apasionados. El presentador de televisión estadounidense Ben Stein lo ha denunciado a través del documental Expelled: No Intelligence Allowed (Expulsado: no se permite la inteligencia), dirigido por Nathan Frankowski. La cinta, presentada el año pasado, sostiene que quienes proponen que la vida en la Tierra contó con la intervención de una inteligencia superior están siendo apartados de los centros de educación de EE.UU.

El documental defiende el diseño inteligente (DI), una posición intermedia entre la lectura literal del Génesis -léase creacionismo- y las teorías de la evolución. Aunque su fundamento es antiguo, apareció como tal en 1991 con el propósito explícito de atacar el darwinismo y ofrecer un entendimiento teísta de la naturaleza. La base del DI es el concepto de 'complejidad irreductible', con el que quiere expresar que unas máquinas tan sofisticadas como son los seres vivos fueron obra de un diseñador, y si existe algún tipo de evolución no es más que el resultado de una serie de casualidades.

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