Volvió a ocurrir este año: el pasado 6 de octubre la Fundación Nobel reveló los nombres de los ganadores del premio en el área de Medicina y al instante un buen número de expertos y periodistas estaban preguntándose por los laureados con el mismo ahínco con que se preguntaban por los excluidos del galardón. Ya es costumbre que alguien advierta un mayor o menor grado de injusticia en la elección, pero este año resultó particularmente llamativo el amplio reconocimiento del que gozaban los ausentes.
El Instituto Karolinska -que escoge a los galardonados en Fisiología y Medicina- en esta oportunidad otorgó la mitad del premio a los franceses Françoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier por "su descubrimiento del virus de inmunodeficiencia humana (VIH)" y la otra mitad al alemán Harald zur Hausen por "su descubrimiento de que el virus del papiloma humano (VPH) causa cáncer cérvical" -o de cuello del útero-.
Los colombianos que habían seguido la carrera de la epidemióloga caleña Nubia Muñoz Calero, residente en Francia desde hace tres décadas, quedaron extrañados con el Nobel para el alemán, pues a ella también se ha atribuido el descubrimiento de la relación entre infección por VPH y el cáncer. Incluso fue asesora en el desarrollo de la primera vacuna contra el virus, y en 2006 la Asociación Internacional de Epidemiología (IEA) consideró su postulación al Nobel.
Pero Zur Hausen había pegado primero. En 1976, nadando a contracorriente en su gremio, fue el primero en plantear la hipótesis de la correlación entre VPH y cáncer. El mérito de Muñoz fue haberla confirmado a comienzos de los noventa.
De hecho, su hallazgo fue tan importante, que la IEA, al concederle este año el premio Sir Richard Doll Prize en Epidemiología, reconoció que la vacunación contra el VPH y el mejoramiento de las pruebas para su detección "se originaron en el vigoroso e incesante liderazgo de Muñoz en el frente epidemiológico fundado en el trabajo pionero de Zur Hausen". Así que en este caso tal vez sí es pertinente un consuelo muy criollo: a la caleña le faltó el centavo para el Nobel.
Antes de que cante un Gallo...
Mucho más destacada por los medios fue la exclusión del estadounidense Robert Gallo en la parte del Nobel otorgada a los descubridores del VIH. La historia comenzó en 1983, cuando Montagnier y Barré-Sinoussi publicaron en Science un artículo que describía un virus que probablemente provocaba el sida. Al año siguiente, Gallo dijo que había descubierto el virus causante de la enfermedad. Luego se supo que hablaban del mismo.
La disputa por la paternidad alcanzó tales proporciones, que en 1987 los presidentes de Estados Unidos y Francia tuvieron que terciar y, de manera salomónica, acordaron que los créditos serían compartidos. De hecho, hace ocho años los dos investigadores ganaron el Premio Príncipe de Asturias.
La herida, que parecía bien cicatrizada, se rasgó el lunes, cuando la Asamblea Nobel declaró que no había ninguna duda acerca de quién hizo el descubrimiento fundamental. Ante la inapelable decisión, Gallo felicitó a los galardonados y agradeció a Montagnier el gesto de declarar que él también merecía el premio, pero no negó que se sentía codescubridor del virus.
De cualquier manera, no se puede desconocer que los Nobel en ciencias tienden a reconocer a los pioneros. La tarea se torna más difícil en la medida que la ciencia exige cada vez mayor trabajo de equipo y los genios solitarios que gritan "¡eureka!" desde sus laboratorios están en vías de extinción.